Soy mi propia diana.

¡Es algo tan inocente el miedo! Eso si que es vulnerabilidad, aquello que te produce pavor entra en tu sangre y recorre tu cuerpo como un escalofrío, como un leve soplo de aliento en la nuca. Como la oscuridad misma. 
Ese poder que le otorgas a algo externo, o a alguien, a que entre en tu mundo y lo destroce, simplemente hablando. ¡Y sin saber de qué modo! En un pestañeo. Y cuando abres los ojos, no sabes si te encuentras en el ojo del huracán, o el miedo ya pasó. ¡Oh, dulce vulnerabilidad! Esto nada más que acaba de empezar. 

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Somos nuestro peor enemigo, somos el fin del mundo y al parecer a nadie le importa.

Se sentó en la silla del estudio, contemplando lo que veía a su alrededor. Varios libros de poca importancia, las pinturas con el bermellón y el verde esmeralda a punto de terminarse, unos cuantos papeles con anotaciones de ideas que no paraba de retrasar aún cuando perdía el tiempo constantemente, y unos lápices blandos bastante gastados. Enfrente de la silla se encontraba un antiguo espejo, y pudo verse reflejado en él, pero únicamente unos instantes, porque su reflejo comenzó a perderse del mismo modo que su vista en sus propios ojos, y la habitación quedó a solas de nuevo, y ni el bermellón ni el esmeralda se llegaron a gastar. 

There’s a place where we belong.

And when the night covers the sky and everybody sleeps, it starts to tinge of dark. The tingle of the darkness shudders all your soul, and by the first time you can understand all around you. Or misinterpret. Or become crazy, and hopes and expectations become grotesquely tragic. The quiet of the nighttime let you hear your heavy entrails. The isolation of your corpse let you feel the density, from the air, from the lungs, from the  soul. From the dark.

Si le pones nombre a las personas te encariñas antes.

Sin conclusiones, se sentó en el bordillo de algún lugar, no desconocido del todo, no frecuentemente visitado. Nada más que un bordillo, con la cabeza apoyada en la pared, intentó recordar lo fácil que solía ser todo, pero no lo consiguió, y sólo el azul oscuro del cielo que se cernía ante ella podía darle algo de consuelo en el momento.
Pronto amanecería, por supuesto; siempre amanece. Solo que, en aquel preciso instante, con sus pies en el suelo y los ojos cerrados, con la ligera brisa fría rozándole las mejillas, y meciéndole el pelo, se preguntó cuando dejaría de desear que amaneciera. Si algún día abriría los ojos, y desearía no parar el tiempo, asumir que transcurre, asumir que se pierde. 
Asumir que amanece.