Caravan.

El acelerador no funciona. El freno tampoco. Te mueves muy despacio, y te gusta pensar que al fin y al cabo te mueves, pero no eres tú quien tiene el control, y a tu alrededor los coches pasan y se alejan. Se alejan continuamente. Pero tu acelerador sigue sin funcionar, y por un momento, únicamente un instante, cierras los ojos para respirar profundamente, y desaparece la carretera. Desaparecen los otros coches. Desaparece tu coche. Y estas ahí de pie, viendo girar el mundo; pero ya no perteneces a él. 
Tu corazón resuena en tus oídos, tus manos comienzan a sudar, pero todo eso es igual, porque ya no estás ahí. Sólo observas. 

Y entonces, te despiertas. 

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Cadáveres.

Estaba dormido. Pero sólo lo estaba su cuerpo.
Era la única salida, la única respuesta. El único modo de resolver algo irresoluble, donde no necesitaba compañía ni seguridad. Era la seguridad.
Sólo sentía placer, placer por cada milímetro de su cuerpo; y todas las banalidades de la humanidad resultaban tan absurdas. Banalidades, esa era la palabra, todo lo que hacemos día a día, los lugares que visitamos, las tareas que hacemos y deshacemos para hacerlas de otro modo. Todo eso ahora era ajeno. Resultaba doloroso ver diariamente a aquellos seres pequeños y frágiles involucrados en grupos para intentar construir su mundo irreal, un mundo que responda a sus más deseados anhelos.
La insatisfacción ante la sociedad y la cultura de masas parecía tan lejana ahora, se había difuminado hasta tal punto que desaparecía junto con las pocas nubes de realidad que le rondaban. Y no necesitaba más, porque estaba hasta el cuello; y volaba, por encima de sus posibilidades; y apretaba los dientes con fuerza mientras cerraba los ojos. 

Y sólo había verdad en ello. 

Qué hicimos mal.

Hoy parece que cuando las chicas descubren el sexo se produce un abismo inmenso y nada vuelve a ser como antes; como si la sexualidad fuera más allá de todos los placeres, o de todo aquello intangible.  Y de algún modo se vuelve un secreto cultural contra el que hay que luchar, y reivindicar que sí, se lleva a cabo, como si tuviera la mayor importancia. Como si siquiera fuera importante.

A veces a las canciones les sobra la letra.

– O,  ¿y si han visto algo que realmente soy o algo de mí y no les gusta pero aún así lo intentan? Eso es peor todavía. Es peor que ser el maniquí del escaparate, que ve continuamente a las personas pasando, y fijándose únicamente en su madera. 

– Alicia, no te centres ahora en eso. Termina las cosas que dejas a medias.

Había olvidado lo que realmente quería decir. No se trata de algo concreto, sino de muchos aspectos. No se reduce a ningún nivel en particular, tal vez la soledad, pero la soledad está en todas partes. 
A veces a las canciones les sobra la letra.

El fantasma de los fantasmas.

Igual no es que nadie lo entienda, igual se trata únicamente del deseo de incomprensión, y comodidad de la tristeza cuando nos sentimos incomprendidos. Tal vez no queremos ver a quien realmente lo entiende, porque en realidad no queremos ser entendidos. Será la belleza de la melancolía la que nos arrastra hasta su lado, con nuestra ayuda.

Puede que de eso se trate todo, nada más. Tal vez.