Cadáveres.

Estaba dormido. Pero sólo lo estaba su cuerpo.
Era la única salida, la única respuesta. El único modo de resolver algo irresoluble, donde no necesitaba compañía ni seguridad. Era la seguridad.
Sólo sentía placer, placer por cada milímetro de su cuerpo; y todas las banalidades de la humanidad resultaban tan absurdas. Banalidades, esa era la palabra, todo lo que hacemos día a día, los lugares que visitamos, las tareas que hacemos y deshacemos para hacerlas de otro modo. Todo eso ahora era ajeno. Resultaba doloroso ver diariamente a aquellos seres pequeños y frágiles involucrados en grupos para intentar construir su mundo irreal, un mundo que responda a sus más deseados anhelos.
La insatisfacción ante la sociedad y la cultura de masas parecía tan lejana ahora, se había difuminado hasta tal punto que desaparecía junto con las pocas nubes de realidad que le rondaban. Y no necesitaba más, porque estaba hasta el cuello; y volaba, por encima de sus posibilidades; y apretaba los dientes con fuerza mientras cerraba los ojos. 

Y sólo había verdad en ello. 

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