Somos nuestro peor enemigo, somos el fin del mundo y al parecer a nadie le importa.

Se sentó en la silla del estudio, contemplando lo que veía a su alrededor. Varios libros de poca importancia, las pinturas con el bermellón y el verde esmeralda a punto de terminarse, unos cuantos papeles con anotaciones de ideas que no paraba de retrasar aún cuando perdía el tiempo constantemente, y unos lápices blandos bastante gastados. Enfrente de la silla se encontraba un antiguo espejo, y pudo verse reflejado en él, pero únicamente unos instantes, porque su reflejo comenzó a perderse del mismo modo que su vista en sus propios ojos, y la habitación quedó a solas de nuevo, y ni el bermellón ni el esmeralda se llegaron a gastar. 

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