Si le pones nombre a las personas te encariñas antes.

Sin conclusiones, se sentó en el bordillo de algún lugar, no desconocido del todo, no frecuentemente visitado. Nada más que un bordillo, con la cabeza apoyada en la pared, intentó recordar lo fácil que solía ser todo, pero no lo consiguió, y sólo el azul oscuro del cielo que se cernía ante ella podía darle algo de consuelo en el momento.
Pronto amanecería, por supuesto; siempre amanece. Solo que, en aquel preciso instante, con sus pies en el suelo y los ojos cerrados, con la ligera brisa fría rozándole las mejillas, y meciéndole el pelo, se preguntó cuando dejaría de desear que amaneciera. Si algún día abriría los ojos, y desearía no parar el tiempo, asumir que transcurre, asumir que se pierde. 
Asumir que amanece.

Anuncios