Tú ya tenías razón

Hablas y tienes razón. Y lo reconozco, no soy la persona más elocuente del mundo, pero mi problema es que yo sí que escucho, y escucho lo que quieres decirme, aunque ojalá escuchara lo que jamás me dirás. Y me haces sentir culpable.
Hablas y tienes razón, y lo pienso y le doy la vuelta, y vuelvo a encontrar mi versión, pero ya te has ido, porque tú ya tenías razón. Y no pasa nada si lloro en el baño o en mi habitación. No pasa nada porque no es la parte que venías a escuchar. Porque tú ya te has ido. Y tu sí tenías razón.

Anuncios

Stay

Ya lo había abandonado, casi como si nunca hubiera estado cosido a mi, pero el tiempo se desvanecía, y yo prefería pedir perdón que correr. Ahora me arrepiento y he vuelto, pero he vuelto distinta. Me he cargado de cientos de cosas que me encantan, y también de muchas que siempre odié. Me he dormido con una luz tenue sobre mi propio brazo mientras vestía un jersey negro de cuello alto, y me he quedado mirando mis posibilidades hasta entumecerme. También me he caído, pero para mi sorpresa lo he disfrutado. Y cuando por fin he decidido, he seguido andando sola por la calle. Todo estaba vacío y a oscuras, pero no he tenido miedo. Los murciélagos que una vez me asustaron estaban ahí para guiarme.

Get away

Llamadme loca, pero a mi sí me gusta estar en el extranjero. Me encanta que todos los días la vida sea nueva y diferente, e irme muy lejos de casa para sumergirme en otro mundo totalmente distinto. No echo de menos mi vida, y tengo a las personas a las que necesito a una línea de wifi. Te queda claro las personas a las que necesitas, y también las que te necesitan. Y sabes mucho mejor quienes son que cuando vives cerca. Llamadme rara, pero odio los cincuenta grados a la sombra de España en verano. Adoro ver llover, los truenos y los rayos.
Adoro la comida (distinta), y los rincones maravillosos que aun me quedan por conocer, y los que solo tienen un par de historias. Me gusta conocer palabras nuevas cada día, y aunque resulte agotador a veces, adoro tener que esforzarme para conseguir tomates en el supermercado. Me parece maravilloso conocer solo dos marcas de cerveza de los estantes, y tener que buscar en el traductor una palabra para saber qué producto tengo que comprar es fascinante. Es genial no tomarte demasiado mal un comentario por la “falta de idioma” pero entender perfectamente los elogios de una señora a la que acabas de ayudar con las bolsas de la compra.
Pero lo mejor es que te das cuenta de que no necesitas que nada siga abierto para ver amanecer. Te basta con sentarte por el Támesis, el Vistula, o el Manzanares.
Siempre me han gustado las cosas que tienen fecha de fin, eso hace las visitas tan especiales; aprovechas cada segundo, cada halo, cada respiro, y solo lo sabes cuando las haces, porque son horas de conversaciones interminables y acabas viendo el amanecer y hablando de nimiedades. Lo mejor de todo son las posibilidades. No importa si estas en Laponia, Londres o un pueblo de Hong Kong, puedes ser quien quieras, pero la sensación mas maravillosa es elegir seguir siendo tú. Y que no necesitabas todos esos objetos materiales de recuerdos almacenados en cajas debajo de la cama que te hacían plantearte si tenias o no Diógenes.
Al final de todo, terminas enamorándote de aquella noche que tardaste tres horas en volver a casa con la bici alquilada porque te perdiste, cuando el trayecto real es de cuarenta minutos. Y de aquel extraño que te ayudó a encontrar el camino a casa, porque los cargadores externos de móvil también se quedan sin batería.
Te das cuenta de los tabúes sobre todos los lugares, los sitios alejados de casa, y la oscuridad que han creado sobre ellos, pero esa calle oscura no es mas que una farola que perdió su bombilla, y los zorros que se ocultan tras ella. Con más miedo que tú. Con las mismas ganas de sobrevivir.

¡Y existió! ¡Existió ese momento!

Quién no escribe. Todo el mundo escribe. Yo lo hago en la página web del traductor de google. Me gusta sentir que las palabras son tan frágiles como el idioma que las sostiene, porque le quita importancia y seriedad a los temas que proponen.
Tienes que escribir. Es la vía de escape más sencilla. Cuando el agua te llega al cuello o cuando sientes la profundidad de las vísceras en tu interior.
Tienes que pintar, y tienes que dibujar. Tienes que salir a hacer fotografías, o moldear la pequeña bola de plastilina que tengas a tu alcance. Tocar una canción. Plasmar la mierda inerte que tienes en tus terminaciones nerviosas y así darle vida. Contar la historia inherente a tus entrañas. Porque si dejas de hacerlo, mueres.

We are

Lo que sacamos de nuestra vida no es nunca lo que nos gustaría sacar.
La mayoría de las veces nos equivocamos, y nos vamos a seguir equivocando continuamente, si tenemos suerte será en cosas nuevas, pero más de una vez repetiremos alguno de nuestros errores favoritos. Las conclusiones están difusas, porque nada se concluye estrictamente, y las situaciones no son tan radicales como llegamos a pensar que lo son.
Nos gustan los extremos.
Nos gusta tirarnos al vacío y experimentar la sensación de libertad, a la vez que caemos en picado hacia la nada. Y repetimos una y otra vez nuestros pensamientos. Nuestras conclusiones erróneas. Las abrazamos como lo mas valioso que tenemos, porque nos gusta pensar que nuestros errores han sido fundamentados, que eso es lo más preciado que sacamos de ellos, y nos repetimos constantemente que merecieron la pena.
Nos gusta creer que merecieron la pena.
Y aún así la parte destructiva que se encuentra en nuestro interior nos repite constantemente: “pudiste haberlo hecho mejor, podrías hacerlo mejor ahora mismo, pero si se repitiera la situación, no lo harías”, y no es que seamos realistas, es que queremos sentirnos culpables, como si de algún modo eso diera lugar a algún tipo de igualdad en la situación. Pero esa igualdad es solo imaginaria.
Seguirás abrazando tus conclusiones.

Lo que saco de mi vida  no es nunca lo que me gustaría sacar.
La mayoría de las veces me equivoco, y me voy a seguir equivocando continuamente, si tengo suerte será en cosas nuevas, pero más de una vez repetiré alguno de mi errores favoritos. Mis conclusiones están difusas, porque nada se concluye estrictamente y las situaciones no son tan radicales como llego a pensar que lo son.
Me gustan los extremos.
Me gusta tirarme al vacío y experimentar la sensación de libertad, a la vez que caigo en picado hacia la nada. Y repito una y otra vez mis pensamientos. Mis conclusiones erróneas. Las abrazo como lo más valioso que tengo, porque me gusta pensar que mis errores han sido fundamentados, que eso es lo más preciado que saco de ellos, y me repito constantemente que merecieron la pena.
Me gusta creer que merecieron la pena.
Y aún así la parte destructiva que se encuentra en mi interior me repite constantemente. “pudiste haberlo hecho mejor, podrías hacerlo mejor ahora mismo, pero si se repitiera la situación, no lo harías”, y no es que no sea realista, es que quiero sentirme culpable, como si de algún modo eso diera lugar a algún tipo de igualdad en la situación. Pero esa igualdad es sólo imaginaria.
Seguiré abrazando mis conclusiones.